La máxima “lo que no se mide, no se puede mejorar” cobra especial relevancia en el mundo de la tecnología, donde cada sistema operativo, línea de código y equipo conectado está consumiendo energía y, con ello, influyendo significativamente en el medio ambiente, la economía y la salud.

Muchas empresas desconocen cuánta energía consumen sus infraestructuras digitales o cuál es la huella de carbono de sus operaciones tecnológicas. Por ello, es fundamental implementar herramientas y métricas de seguimiento que faciliten la toma de decisiones basadas en datos para optimizar los recursos y reducir el impacto ambiental.

¿Qué se puede medir?

  • El consumo energético de hardware y centros de datos: servidores, switches, PCs, UPS, routers, sistemas de climatización, etc. o KPIs clave como PUE (Power Usage Effectiveness), que evalúa cuánta energía se dedica al cómputo frente a la energía total consumida; el consumo en kWh por servidor o el porcentaje de capacidad utilizada vs energía total.
  • La huella de carbono digital, es decir, las emisiones de gases de efecto invernadero (CO₂e) asociadas al uso de tecnologías específicas, como hosting en la nube; videollamadas y reuniones virtuales; desarrollo de software; o procesamiento intensivo (IA, Big Data, etc.).
  • El consumo asociado al software y a las aplicaciones. Se pueden analizar el rendimiento y eficiencia de código: las páginas web pesadas, las aplicaciones mal optimizadas o el backend sobredimensionado, ya que pueden requerir más procesamiento y, por tanto, energía. En este caso se mide el tiempo de CPU, memoria, peticiones en APIs, energía consumida por sesión de usuario en apps web, etc.
  • El ciclo de vida de los dispositivos. En este caso, se puede evaluar el impacto ambiental desde la fabricación hasta la disposición final de los equipos informáticos.